No estás solo

(4 min)

La soledad es antigua, pero también lo es el consuelo

Reflexionando sobre la soledad a través de los Salmos

La soledad es una experiencia profundamente humana. Puede colarse durante grandes cambios en la vida, noches largas o incluso en momentos de fracaso o éxito cuando nadie parece entender por lo que estamos pasando. A veces, la soledad no tiene que ver con aislamiento físico, sino con sentirse invisible, desconocido u olvidado. Todo el mundo ha sentido esto en alguna o varias ocasiones de su vida.

Los Salmos, una colección de antiguos cantos y oraciones que se encuentran en la Biblia, hablan abiertamente de este dolor. Los distintos autores, principalmente el rey David, no pretenden que todo esté bien ni pasan por alto emociones difíciles. En cambio, cada uno ofrece palabras honestas para las luchas internas que a veces no sabemos expresar. Uno de los ejemplos más impactantes viene del Salmo 139, donde el autor expresa algo notable:

“Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun en la distancia me lees el pensamiento.” (Salmo 139:1–2)

Estas no son las palabras de alguien que se siente olvidado. Son las palabras de alguien que ha descubierto que incluso en el silencio o la soledad, es plenamente conocido. El Salmo continúa:

“¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia?” (Salmo 139:7)

Esta pregunta no se hace por miedo, sino por asombro. No importa a dónde vaya el escritor—cielo o tierra, luz u oscuridad—Dios ya está ahí. De la misma manera, vayas donde vayas – cielo o tierra, luz u oscuridad, días buenos o malos, alegría abundante o dolor profundo – Dios ya está ahí. El salmista pinta el retrato de un Dios que, en su omnipresencia, está más cerca que incluso nuestro siguiente aliento. Y este tema resuena a lo largo de los Salmos. El Salmo 34:18 dice:

“El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.”

Este versículo es una promesa tranquila y amable para quienes se sienten emocionalmente vacíos o se quedan atrás. Nos dice que Dios no mantiene Su distancia de nuestro dolor. Se acerca, entrando en el dolor junto a nosotros y guiándonos hasta el otro lado.

En el Salmo 25, el autor ora:

“Vuelve a mí tu rostro y ten compasión de mí, pues me encuentro solo y afligido.” (Salmo 25:16)

No hay vergüenza en este llanto. Es simplemente honesto. Y se recibe —no con silencio, sino con la cercanía de Dios. Los Salmos nos muestran que incluso los fieles luchan con sentimientos de abandono, pero también revelan que la presencia de Dios no depende de nuestros sentimientos. Está ahí, incluso cuando no podemos sentirle. En un mundo que a menudo valora la visibilidad y la validación, es fácil sentir que desaparecemos cuando nadie nos está mirando. Pero los Salmos nos recuerdan una realidad diferente: que nuestras vidas se ven, no de forma vaga ni general, sino de forma íntima. Cada pensamiento, cada lucha, cada lágrima silenciosa es conocida por Aquel que creó todo lo que existe, visible e invisible.

Esto no significa que la soledad desaparezca mágicamente. Lo que sí significa es que nunca estás realmente solo, incluso cuando la sientas. El Dios de los Salmos no está distante ni desinteresado. Es un Dios que ve, que sabe y que permanece. Ese es solo un ejemplo de la relevancia de los Salmos en nuestras vidas. Animan a cada individuo a buscar la presencia de Dios y a encontrar esperanza en sus promesas.

Si ahora mismo estás experimentando soledad, considera esta invitación: a explorar los Salmos no solo como poesía, sino como conversación. No necesitas palabras perfectas ni una fe fuerte. Solo una disposición para hablar, y quizás, para escuchar. Tal vez ahí es donde empieza la conexión, no solo con las personas, sino con Aquel que siempre ha estado cerca.

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